Gotas encantadoras

“Nadie dijo que era fácil llegar al paraíso” decía un cartel unos kilómetros antes de la entrada del pueblo. Pues hacía horas que Alice y Cuauhtli habían dejado con alivio el tráfico y que los volcanes que bordan la capital habían quedado a sus espaldas. Habían atravesado llanuras secas adornadas con dragos y rodeadas de montañas a lo lejos. Los pueblos de tabique y cemento por donde habían pasado carecían de estética y no merecían algún tipo de interés. Pero ni eso ni el tiempo que habían pasado en el carro les despertó la ansiedad.

Para llegar allí era necesario pasar por este lugar que Alice reconoció de inmediato. Era un punto del camino donde las nubes nacen de la tierra húmeda. Y de repente se dieron cuenta de que estaban en medio de una niebla densa, habían olvidado cómo habían llegado allí y no tenían la mínima idea de lo que les rodeaba. Pensaron estar en un sueño por que no discernían el entorno, les faltaba memoria y las nubes se habían apoderado de su cabeza. Sólo después de unos minutos distinguieron la vegetación omnipresente disimulada por la humedad. Cuauhtli seguía las curvas de la carretera entrecerrando los ojos. Tras muchos giros, como escondido en el corazón de otro mundo, se encontraba Cuetzalan.

Todo era idéntico a la vez anterior, en este lugar no había ni tiempo, ni conexión con el exterior.  Estaba aislado. Las calles estaban hechas de grandes piedras lisas, helechos salían de entre las paredes, los techos se alargaban de las casas y cubrían las calles estrechas del centro. Cada uno podía ver a ojo desnudo las gotas de agua que lo rodeaban flotando en el aire y cuya concentración formaba la niebla a una distancia de apenas 20 metros. Al moverse uno, esas gotas se quedaban enganchadas delicadamente en la ropa y el cabello, así que todos andaban con una silueta plateada y se asemejaban a espectros.

Alice y Cuahutli dieron la vuelta a casi todo el pueblo en busca de una habitación para la primera noche. No eran difíciles en cuanto al confort, solo necesitaban una cama para dormir. La vista, la tele y la decoración les importaban muy poco. Encontraron lo que querían, el cuarto era tan sencillo que hubiera podido ser el de una monja. Tenía una cama con colcha de flores rosas, un mueble chueco y poco más. Las paredes estaban pintadas de este amarillo triste que en una época tuvo que ser barato para que haya sido usado en tantos lugares.  Después caminaron más, como hipnotizados por la belleza del momento. Esa tarde el campanario de la iglesia, la punta del palo de los voladores y de las palmeras más altas iban desapareciendo en la atmosfera espesa.

 

Cuando salieron del cuarto al día siguiente, el cielo estaba despejado y colorido de un azul perfecto. Era como si el pueblo hubiera amanecido en otro lugar. Desde las plazas contemplaron la abundancia de árboles que cubrían las montañas hasta donde el ojo las podía distinguir. No parecía pero esa selva escondía ríos, cascadas y grutas. Y por eso también Cuauhtli y Alice habían venido. En la tarde se vistieron de ropa ligera y buenos zapatos y fueron a caminar entre los cafetos y helechos arborescentes, para llegar a una cueva de donde salía el agua. Entraron en lo que era en realidad un laberinto de galerías para jugar en los ríos subterráneos. Allí el agua corría por todos lados, se escurría de las paredes, goteaba de las estalactitas y se entrelazaba entre los corredores. Alice y su amigo brincaban en las piscinas que ofrecía el lugar, se arrastraban en el agua debajo de los túneles de roca y se adelgazaban para pasar entre dos paredes. Sólo les alumbraban sus lámparas frontales y cuando las apagaban se encontraban en una oscuridad total. Así que sin la luz de sol y por divertirse tanto perdieron la noción del tiempo y no se dieron cuenta de que además de la tarde había pasado una noche y sólo salieron al día siguiente. Apenas se enteraron la semana siguiente que no llevaban bien las cuentas de las fechas pero nunca supieron dónde se había ido el día que pensaban haber perdido. Después de salir del pequeño universo subterráneo se quitaron los zapatos mojados para volver al pueblo. Aunque era costumbre para los indígenas de la comunidad, la gente les veía con curiosidad. Una güera y un joven que obviamente venía de la capital no tenían por qué andar descalzos. Agotados por la emoción y todo el tiempo que ignoraban haber pasado entretenidos en las galerías, fueron a instalar su tienda cerca de una cascada. Cuauhtli recordaba que de allí siempre se podían avistar flashes en el cielo, parecía que una tormenta eléctrica surgía a unos kilómetros iluminando la noche en un abrir y cerrar de ojos pero todo permanecía tranquilo. Sentados sobre una roca y sorbiendo Yolixpa* platicaron un rato admirando los relámpagos que iluminaba el claro húmedo de la catarata.

La mañana siguiente anduvieron al tianguis que por el desnivel del pueblo se desarrollaba sobre diferentes niveles, como unas escaleras gigantes llenas de maravillas locales. Compraron café, puros, vainilla, nueces de macadamia, pulseras de granos de café y blusas con bordados de la comunidad para llevar de regreso colores,  sabores y olores del paraíso. Aún descalzos se subieron al carro y los zapatos nunca más volvieron a secarse. Incluso después de muchas horas bajo el sol y la sequedad de la capital, quedaron empapados con la embriaguez de la Sierra de Puebla.

 

*  Licor de hierbas típico de Cuetzalan

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